Miguel Ianniruberto: la naturaleza como inspiración para inventar una belleza propia

julio 27, 2026

Orígenes del fotógrafo

Miguel Ianniruberto nació en 1951 en Palermo Viejo, una zona de Buenos Aires que hoy forma parte del popular Palermo Hollywood. Con los años fue desplazándose por distintos barrios hasta llegar a Coghlan, su actual lugar de residencia. Sin embargo, hay algo que se mantuvo constante: su preferencia por los barrios de casas bajas, donde la vida parece conservar una escala más cercana y humana.

Su infancia transcurrió en una época en la que los vecinos entraban y salían de las casas con naturalidad y cada hogar podía sentirse como una extensión del propio. Creció en una familia humilde y trabajadora que lo rodeó de afecto a través de las comidas, los cuidados, los bailes y las reuniones de canto. De esa vida compartida aprendió que la felicidad no siempre depende de grandes acontecimientos, sino que suele encontrarse en una mesa entre afectos, en una conversación sin apuro o en la sensación de saberse recibido.

Esa manera de habitar el tiempo influyó en su forma de observar. Miguel siempre sintió la necesidad de mirar las cosas desde otro lugar, de buscar una perspectiva distinta y darles una nueva vuelta. Con el paso de las décadas comprendió que aquella inclinación, presente desde sus juegos de niño hasta su vida laboral, era también una forma de creatividad.

La lectura ocupa un lugar igualmente importante en su historia. Se define con humor, como un antiguo “nerd” un “ratón de biblioteca” y reconoce a los libros como una pasión a la que necesita en su vida. Para él, la literatura y la fotografía comparten un mismo hilo conductor, ambas abren puertas hacia otros mundos y permiten ampliar la experiencia más allá de la inmediatez.

Vínculo con la fotografía

Su acercamiento a la fotografía comenzó durante la adolescencia cuando utilizaba la cámara para registrar acontecimientos familiares y lugares visitados durante las vacaciones. Más tarde, experimentó con diapositivas en la época analógica, pero pasaron varios años antes de que la fotografía dejara de ser únicamente una forma de conservar recuerdos y se transformara en un medio de expresión personal.

En la década de 1980 realizó uno de sus primeros proyectos al traducir en imágenes el texto Hay un niño en la calle, de Armando Tejada Gómez. Sin embargo, Miguel considera que su verdadera búsqueda artística comenzó mucho después. Antes de crear fotografías como medio expresivo, necesitaba descubrir qué quería expresar. Hoy se define como un artista que eligió la fotografía como lenguaje.

La cámara también le permitió establecer una relación distinta con el temblor esencial que lo acompaña desde hace cuatro décadas. Miguel no intenta combatir ni ocultar su estremecimiento. Eligió reconocerlo como parte de sí mismo y se decidió a incorporarlo en sus imágenes. Las fotografías movidas dejaron de representar para él un problema técnico para convertirse en una posibilidad expresiva genuina. 

Dice que cuando sale con la cámara busca un estado de concentración absoluta. Valora esos momentos en que quedan solamente la cámara y él. Reconoce que el ejercicio de fotografiar lo sitúa en el presente y le permite acceder a una soledad elegida que se acerca a la meditación. Más que una actividad separada de su vida, la fotografía se convierte así en una forma de estar plenamente en el aquí y ahora. Fotografiar es su forma de hacer Mindfulness.

Referentes y búsqueda fotográfica

Las referencias de Miguel proceden de distintos territorios creativos, pero confluyen en una misma invitación: detenerse para mirar con mayor profundidad. En la obra del fotógrafo y ensayista Guy Tal encuentra una aproximación contemplativa a la naturaleza. En El acto de crear, de Rick Rubin, reconoce la idea de que la creatividad no pertenece exclusivamente a quienes se dedican profesionalmente al arte, sino que forma parte de la vida cotidiana. Desde hace años, Elogio de la sombra, de Jun’ichirō Tanizaki, lo acompaña en su búsqueda de una belleza que no se revela de inmediato y que exige tiempo, silencio y atención.

Miguel elige fotografiar soledades en entornos naturales. Para él, el verdadero privilegio consiste en disponer del tiempo necesario para observar. Su escenario ideal es el que combina soledad y mucho tiempo. No busca recorrer rápidamente un paisaje ni acumular imágenes, sino permanecer hasta que la mirada pueda atravesar lo evidente.

Reconoce la naturaleza como perfecta, pero no pretende reproducirla con fidelidad. La toma como punto de partida para construir una interpretación propia. Sus fotografías incorporan desenfoques, temblores, desaturaciones, inversiones de color y otras alteraciones que apartan la imagen de una representación literal. Se vuelca deliberadamente hacia la imperfección para expresar una belleza inventada.

En su obra conviven dos lenguajes. Por un lado, utiliza el color para desdibujar lo real y conducirlo hacia una dimensión onírica. Por otro, recurre al blanco y negro contrastado o al monocromo para recrear la imagen como si se tratara de un recuerdo. Como bien reconoce, la naturaleza admite ambas versiones de su mirada de Doctor Jekyll y Míster Hyde: una que transforma lo visible y otra que lo reconstruye desde la memoria.

Experiencias y proyecciones

Entre los momentos significativos de su recorrido se encuentran su participación en una muestra colectiva durante la Noche de los Museos, realizada en el Palacio Barolo, y otras exhibiciones presentadas en el Centro Cultural Borges. No obstante, Miguel no mide su trayectoria únicamente por las exposiciones o reconocimientos. Su principal interés continúa siendo el proceso de creación y la posibilidad de encontrar nuevas formas de mirar.

Con sus imágenes no busca imponer una interpretación determinada. Le bastaría con conseguir que el espectador se detenga durante unos instantes. En una vida dominada por la velocidad y la acumulación de estímulos, provocar esa pausa ya representa para él un logro. También espera que algo de las emociones depositadas en sus fotografías pueda resonar en quien las observa.

Miguel nos cuenta que atraviesa un momento de intensa recepción de conocimientos y estímulos, incluso mayor de lo que siente que puede procesar. Por eso, su aspiración no consiste en producir cada vez más, sino en continuar aprendiendo a frenar y a ver mejor. Entre sus proyectos inmediatos se encuentra volver a imprimir sus fotografías, sacarlas de la pantalla y devolverles una existencia física, terrenal y palpable.

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Miguel integra Ombú aportando una mirada introspectiva que invita al grupo a valorar el tiempo de observación y a reconocer la creación como una experiencia personal que nos enriquece tanto como la búsqueda de la perfección técnica. Su manera de transformar el desenfoque y la alteración cromática en recursos expresivos nos ayuda a ampliar nuestras posibilidades del lenguaje fotográfico.

A través de su obra, Miguel recuerda que la naturaleza no tiene por qué ser solamente registrada. También puede ser contemplada, reinterpretada y convertida en el punto de partida para inventar una belleza propia.

Autora: Becky Plaza Fotógrafa y cofundadora de OMBÚ

 

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