La historia de Robert Capa es, en realidad, una de las mayores y más fascinantes obras de ingeniería de marca de la historia de la fotografía. El mito del «más grande corresponsal de guerra del mundo» esconde una verdad compartida, un pseudónimo inventado por necesidad y un dilema ético que sigue obsesionando a los historiadores.
La verdadera historia se sostiene sobre tres pilares fundamentales que desarman el mito romántico para mostrar una realidad mucho más compleja.
Robert Capa no existía: El nacimiento de una marca
El hombre que conocemos como Robert Capa nació en Budapest en 1913 bajo el nombre de Endre Ernő Friedmann. A principios de los años 30, Friedmann era un joven fotógrafo judío exiliado en París, pobre y hambriento. Allí conoció a Gerda Pohorylle, otra exiliada judía alemana de mente brillante y un instinto comercial único.
Como los periódicos franceses pagaban una miseria por las fotos de dos jóvenes inmigrantes desconocidos, Gerda tuvo una idea genial en 1936: inventar a un fotógrafo estadounidense rico, famoso y talentoso llamado «Robert Capa».
- El plan: Gerda se presentaba ante las agencias como la secretaria de este misterioso y cotizado fotógrafo norteamericano. Endre era simplemente el «asistente» que revelaba los negativos.
- El resultado: Empezaron a vender las fotos al triple de su valor. Robert Capa era, al principio, una empresa de dos personas. Ambos tomaban fotos y las firmaban bajo ese sello.
El misterio de «Muerte de un miliciano»
La consagración de la marca Capa llegó con la Guerra Civil Española y la publicación de una de las imágenes más icónicas del siglo XX: un miliciano anarquista capturado justo en el instante en que una bala lo derriba en el frente de Córdoba (1936).
Durante décadas se cuestionó la autenticidad de esta toma. Las investigaciones más recientes apuntan a una realidad incómoda para el fotoperiodismo tradicional:
- La puesta en escena: Se ha comprobado que las fotos de esa secuencia no se tomaron en el frente de batalla de Cerro Muriano, sino a unos 50 kilómetros de distancia, en Espejo, una zona tranquila en ese momento. Los milicianos estaban posando para la cámara de Capa y Taro simulando maniobras de combate.
- La muerte real: El miliciano de la foto fue identificado años después como Federico Borrell García. La teoría que hoy sostiene más fuerza es que, mientras los soldados simulaban el combate para los fotógrafos, una avanzada o un tirador emboscado real abrió fuego, matando a Borrell en ese instante.
Fue un disparo real en medio de una sesión armada. Tras la trágica muerte de Gerda Taro en 1937 en la batalla de Brunete, Endre Friedmann asumió la identidad de Robert Capa de forma definitiva y solitaria, cargando con el mito y el dolor el resto de su vi.
El desembarco de Normandía y las «Magnificent Eleven»
El otro gran hito de Capa es su desembarco en la playa de Omaha el 6 de junio de 1944 (el Día D), junto a la primera oleada de soldados. Armado con dos cámaras Contax, tomó poco más de cien fotos bajo el fuego enemigo.
La historia oficial que la revista Life difundió fue que un joven técnico de laboratorio en Londres, cegado por la prisa, arruinó casi todos los rollos en el tambor de secado al aplicar demasiado calor; solo sobrevivieron 11 fotos borrosas y movidas: las famosas «Magnificent Eleven» (Las once magníficas).
Sin embargo, investigaciones minuciosas de historiadores de la fotografía han demostrado que esa versión fue una coartada de la revista para encubrir un error de edición o, más probablemente, una exageración del propio Capa:
- La emulsión de película de la época difícilmente se hubiera derretido de esa forma específica sin destruir por completo la tira.
- Es muy factible que Capa, presa del pánico lógico en medio del infierno de Omaha, solo lograra disparar esas pocas fotos antes de retirarse en un barco médico. El aspecto movido y borroso no fue un error de revelado: fue el reflejo físico del miedo, la velocidad y la adrenalina del momento.
«Si tus fotos no son lo suficientemente buenas, es que no estás lo suficientemente cerca.» Robert Capa
Friedmann llevó la ficción de Robert Capa hasta sus últimas consecuencias. Vivió como el personaje que él y Gerda crearon: un tipo magnético, jugador, amante de Ingrid Bergman, cofundador de la Agencia Magnum y adicto al riesgo. Fiel a su propia frase, el 25 de mayo de 1954, durante la guerra de Indochina, bajó de su jeep para fotografiar el avance de las tropas y pisó una mina terrestre. Murió con la cámara en la mano.
La «verdadera» historia de Capa no demerita su genialidad; al contrario, la humaniza. Demuestra cómo el ojo fotográfico, el instinto de supervivencia y una audaz estrategia de autoría cambiaron las reglas de la información gráfica para siempre.
Autor: Osky Berstein Fotógrafo y cofundador de OMBÚ