A fines de los años 60, tomé la decisión de reemplazar los pinceles por la cámara fotográfica. Descubrí que la luz también podía pintar y que, a través de ella, era posible construir una mirada única sobre el mundo. La espera, el proceso de revelado y la aparición gradual de las imágenes en el celuloide o en el papel, despertaron en mí una fascinación profunda. Desde entonces, capturar momentos irrepetibles y explorar la esencia de la naturaleza en todas sus formas se transformó en una vocación. Una pasión que, hasta el día de hoy, continúa guiando mi trabajo.